
Hace
cuatro años, cuando nació tenía el síndrome de Down, exclusivamente: para
sus familiares, para los vecinos…; para sus padres era un hijo con síndrome
de Down. ¿A quién le importaba su nombre, el color de sus ojos, o a quién
se parecía?. Eso era lo de menos. Lo importante, lo fundamental era que tenía
el síndrome de Down.
En los primeros meses de vida, todo el esfuerzo de sus padres se centró en
recabar todo tipo de información para tratar de resolver dudas, espantar temores
e inquietudes y buscar soluciones, tal vez mágicas. Sin embargo no tardaron
en darse cuenta de que aquel niño con síndrome de Down era, sobre todo, un
niño; con unas características y una personalidad propias, con unos rasgos
físicos comunes con otros niños con síndrome de Down, sí, pero con otros muchos
diferentes: era evidente que se parecía mucho a su madre. Ahora, pasados cuatro
años, Sergio es un niño de ojos azules un poco achinados, de pelo rubio, inquieto,
bastante traste y de buen corazón al que le encantan las películas de dibujos
animados.
También es un hermano pequeño, un colega en la escuela, un alumno para su
profesora, un amigo para Gabriel, Carla y María, un nieto (el más joven) para
sus abuelos y un hijo más para sus padres: ¿a quién le importa que tenga el
síndrome de Down? Lo fundamental es Sergio. Es evidente que el hecho de tener
el síndrome de Down le supone muchas dificultades adicionales que habrá que
ir solucionando puntualmente contando con su esfuerzo, su estado de ánimo,
sus puntos fuertes y sus habilidades; y también con la ayuda de los demás.
Pero Sergio progresa, más lentamente que otro niño de su edad y con mucho
más esfuerzo, pero progresa.
En cuanto a su futuro: hay muchas preguntas a las que habrá que ir dando respuesta
en su momento, pero además de preguntas también hay muchas ilusiones y esperanza,
como ocurre con cualquier otro niño. Porque es Sergio, un niño con síndrome
de Down, pero también con un proyecto de vida.